Fue un 12 de Diciembre

Mido el horizonte

Lo cotidiano
desluce la idea original.
El dolor.

Aún estabas.
Por eso no pude escribirte entonces
si nunca podrás leerlo.

Es el dolor
no atribuible a una sartén al fuego
ni al terco regreso de la fiesta
en soledad/tristeza.

Te voy a contar cómo fue tu funeral;

pasados algunos años, aún no he borrado (ni nunca lo haré)
tu número de teléfono de mi agenda:
me has acompañado tantas veces, en cada terminal
como tantas quise llamarte, sabiendo que ya no serías tú
-quien respondiera-
pero puede que descolgara alguien
a quien mencionar tu vida resumida en la historia
de aquella chilena en cuarteles de Varela,
jugándonos el partido.
O aquel sempiterno correr por las tardes
conforme caía el sol
sobre el paseo marítimo
playa Victoria -efeméride-
y Avante.

Las veces que volvías de vacaciones
oliendo a casa de tus abuelos
olor a Galicia;
fanega, hogaza, unto,
grelos, cachelos, puchero
y pueblo.

Por eso luego corríamos al caer el sol…
Tú corriste más que yo.
Tanto que no supe que os ibais a casar
-o lo pensabais-
tanto que no supe qué decir cuando
el protagonismo de tu féretro le restó
sentido al resto.

Y tu familia me convertía en «tu amigo».
Ya no tuve dudas.
«Te quería mucho, ¿sabes?»
Pude articular desde entonces
el sentido más trágico de la muerte.
Había muerto mi mejor amigo,
incluso ahora la palabra «mejor»
perturba un poco el sentido,
perturba mucho cada línea,
porque pierdo más
cada vez que lo escribo
porque pierdo más
cada vez que lo hago público.

Enunciarlo me acerca a la verdad,
y cada línea que anuncio me aleja de allí;
como una declaración de amor y amistad
que me une a tu muerte.

Porque todo lo que vivimos
cada cual en su imperio
sufrió del imperativo «ya pasó…»
mezclado con un terrible deseo
perentorio.
Esta parte que no es la mejor parte
habla del día en que te despedimos;
una película para adultos
donde no se atisban menores de edad
y poco a poco van llorando
las escenas que nos convierten
uno a uno, en mortales.
Peor aún,
nos convierten, uno a uno,
en extraños.

Despertamos del sueño de no más vida
aferrados a la imagen de un partido en la playa,
un amor de adolescencia,
unas cervezas, borracheras, pubs y discotecas,
salidas nocturnas que se convirtieron de repente
en algo diferente…
La imagen de un hogar, el día a día; la compra,
la colada, compartir gastos, espacios comunes,
futuros próximos, planes recientes, vacaciones,
la letra del coche, el alquiler de una casa que se incendió
por la cocina -noticia que corrió como la muerte-
y prendió tu nombre al esquisto de los días
que soñamos con llamarte para despertar
un nuevo día,
que nos devolviese tu sonrisa
como algo caduco,
que nos devolviese algo de tu tristeza,
desengaño, fracaso o enfermedad
pero tu vida al fin y al cabo.

No como esta imagen perenne
que me acompañará siempre.
Tu sonrisa,
los rizos y
correr por la playa.

Te quise y te quiero,
amigo
hermano
compañero.

Fue un 12 de Diciembre de un año que no recuerdo.

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