y aciertan a mascullar la idea de que probablemente no sea el mismo;
quien escribe y quien sobrevive.
Pero lo cierto es que años de perfeccionamiento poético
me han convertido en mejor conversador por textos
que en vivo y en directo
aunque habría que matizar dichos aspectos.
Lo cierto es que siempre me costó mucho menos
aquello de imaginar que después de una carta de amor
o un poema
todas mis neuras al fracaso
quedarían solventadas con esa prosa poética
que de vez en cuando me da el ramalazo
de los que por obligación
han aprendido a comunicarse únicamente
para ser textualmente inolvidables.
O al menos en la intención inicial.
Pues también me resultó más complicado
hacer realidad algunos de los textos de amor
que luego resultaron encuentros infructuosos
donde la pluma no me indicó resolución alguna
a cómo hacer el amor.
Los poemas van viene, vuelan y vuelven por eso muchas veces son tan efímeros como el éter, como lo infinito, muere y nace y revela lo que somos. Antes o después de un poema siempre ha habido un sueño infiel a la realidad que nos despierta por la mañana, sea esta lenta, suave o pesada, al final y al cabo son dias, al fin y al cabo son palabras.
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