Ahora sé

por qué dejé de escribir poesía.
No fue por un exceso relativo de felicidad
que convirtiera la cesura en innecesaria.

No fue porque advirtiera el fracaso inmediato
de las técnicas más modernas de representación,
identidad, y por ende desconsuelo.

Porque dejar de escribir poesía
tuvo el efecto de la asepsia al conocimiento
de quiénes éramos, más que de quiénes podríamos
haber sido.
El futuro siempre se presenta tan evocadoramente
edulcorado y poderoso
que caben en él las ilusiones más viscerales,
las realidades menos factibles, las posiciones
nada ponderadas pero precisamente sonámbulas.

Dejé de escribir poesía porque
leyendo a  José Ángel Valente
comprendí un significado puro de la vida;
para qué hacer necesario este trayecto
si solo estoy hablando de mí,
para mi mismo.

Y todo el significado de un fuego interior
se extingue sin la llama de la revolución
que implique inexorablemente el regreso
al lugar donde mis palabras duelen y
la poesía es un trayecto que me lleva de nuevo
a ese que podría haber sido y nunca fui.

Itzamná vuelve a sacrificar a Ix Chel.

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