Cambio climático

Tú que siempre te has perdonado todo.

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Desde el balcón, cerrada la tarde, visión de un horizonte que se comprime
por un extremo y vienen a parar los restos de un temporal de calima; hojas caducifolias, plásticos imperecederos, bolsas voladoras que atacan a la más mínima ocasión.

Crujen las ramas de los pimenteros, se balancean las hojas de las palmeras y es curioso observar la torsión natural de su anatomía, especies adaptadas al medio. En algún lugar recóndito se observa un drago y su eterna enfermedad: el tiempo. Mientras, las jacarandas, los algarrobos, laureles, las enormes tabaibas, las cinerarias, los tajinastes
se rinden todos al fuego menos la corteza ignífuga del pino canario crecido a las faldas
de un gran volcán…

Discurso que enarbola un profesor de Geografía e Historia mientras habla ligeramente de la vegetación xerófila
adaptada a la sequedad,
especies que cumplen
su ciclo vegetativo
durante los pocos
días en los que llueve.

Todos hemos sido alguna vez volcán.
Y llega un día en el que se apaga el fuego
y el torrente líquido y caudal se solidifica en basalto,
riolita, granito, diorita, obsidiana…
Verdes brotes nacen de una corteza quemada, el viento,
el agua, el tiempo, agentes de erosión transforman un paisaje…

Mejores formas de analizar una especie xerófila adaptada
a la ausencia absoluta de agua. Y sobre ella la promesa fértil
de la tormenta, la confluencia siempre eficaz de altas presiones,
el viento ponderado hacia ningún lugar y de nuevo falsa predicción
de precipitaciones.

Tú que siempre te has perdonado todo,
perdónate también la esperanza de un clima que no cambia,
la certeza de un magma que no brota
la realidad de un paisaje que, si no arde
no existe.

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