es como la falta más grande del universo.
Que promedies la mejor carrera amorosa del mundo.
Que cumplas el día de la madre con la suegra.
Que cumplas en las reuniones familiares con todos.
Que los sobrinos te tiren del pelo y corras detrás suya
haciendo ver que tienes mano para los crios.
Que te quieran por activa y por pasiva.
Que haya un lugar para tí en el árbol de Navidad
y un apartado específico para tus regalos.
Que no falte un plato en la comida de los domingos.
Que no te olvides de una festividad importante
en estos tropecientos años para con ella;
cumpleaños, aniversarios, santos, navidades, fiestas particulares,
fiestas privadas…
Que puedas marcar un hito en relación a la exclusividad en los regalos
y nadie pueda igualar aquellas obras de arte personales e intransferibles.
Puede ser todo.
Sin embargo basta un día, un único día, una mala decisión.
Que te estén buscando una vez y otra vez y otra vez, así hasta que huyas de allí,
pero te agarren de la camiseta y repitan el proceso
y entonces ocurre;
te das la vuelta, giras la cabeza, entornas los ojos inyectados
en la raigambre más cercana al origen de la especie y atacas
directamente a los labios, los senos, las piernas, el pubis
continuando por un ritmo acelerado de respiración
y pulso (ya perdido)
cuando las manos dirigen el devenir de los acontecimientos.
Ya ha pasado, ya es pasado, sólo un instante
que queda para la eternidad retratado en tu rostro (y memoria)
y en una muesca más de amantes.
Toda tu carrera termina, ya no eres el perfecto ejemplo
para los niños y para las niñas.
Habrá reproches, habrá oportunistas,
incluso puede que haya un careo,
una sentencia favorable con una libertad condicionada
y el pago de una fianza que incluya el prefijo «con».
Pero ya nada será lo mismo,
sombra de la duda
sobre una historia
dos corazones que huyen.