Y repartimos los bienes,
como estipula nuestro contrato de divorcio
que es una opa hostil
o una reestructuración de personal en tu caso.
Y ahora ¿quién se queda con el gato? lo más trivial
¿quién recibe la casa del Novo Santi Petri?
¿de quién son los cuadros que compramos en aquella galería
hace 4 años?
¿para quién la colección de cds de música?
ya sabía yo que tenerlo todo original traería problemas
a largo plazo.
Porque vayamos a lo rudo, lo hiriente;
¿cómo repartimos las promesas?
¿cómo las ilusiones?
¿dónde quedan los sueños? (ya ficciones)
de quién es aquél;
«Te amaré para siempre»
a quien pertenecen los incumplidos;
«Te llevaré a Mykonos en Septiembre»
«Prometo terminarte aquel libro»
o el tan manido;
«Cuando ahorremos un poco más nos casamos».
Y ya ni hablar de;
«Yo nunca te haría algo así»
«Antes de serte infiel lo dejaría».
Para culminar la ignominia;
«En 3 años abandono el puesto de ventas
y paso a dirección; lo justo para el despacho,
pedir una baja por maternidad bien merecida
y buscar nuestro primer hijo»
Me toca una mitad de todo.
Es un buen reparto (un buen negocio)
teniendo en cuenta
que llegué siendo una mitad de nada.
Por eso ahora me pregunto
si no hubiera sido más productivo
invertir todo mi capital en bolsa
o en ladrillos.
Que son economías siempre emergentes
cuando ya estamos en plena crisis
de la economía relacional
y el modelo obsoleto de familia nuclear.