y lo cierto es que va siendo hora de adquirir por un módico precio, esas heridas superficiales que con tinta imborrable se hace muchísima gente en el cuerpo.
No por una promesa, sino por el recuerdo indestructible de haber amado.
Y poner una banderita en el Everest, mientras contemplas tu jubilación anticipada y te dedicas a pasear por montes y colinas ya conocidos y cercanos.
Claro que luego me digo; «Es para toda la vida» y se me quitan las ganas de tatuarme un nombre o cualquier símbolo que me reconduzca al hoy.