Antes era más fácil.
Amar.
Únicamente amar…
«Me gusta aquella chica de allí»
Y la amabas un ratito, porque no sabías lo que era.
Ayyyy estabas tan enamorado.
Luego fue la chica de la fila tercera…
«Su pelo me encanta»
Y la amaste de aquella manera.
Subiendo peldaños te enamoraste de la vecina rubia y con ojos azules, como mandan los cánones de belleza.
«Es tan guapa como Barbie princesa»
Total que llegados los 15 la cosa se complicó;
«¿Quién es la chica del abrigo verde?»
¿Que belleza hay en un abrigo verde? me pregunto.
Y la amaste hasta que tuviste que dejar de hacerlo, quizá obligado por la sensación de que podrías haberla amado de esa manera toda la vida.
Llegados los 17 había pechos, nalgas, armas de seducción, escotes, tangas, material suficiente como para desarbolar a un romántico empedernido.
Y la ama uno de esa manera, de forma que pasados los años se unen otras concepciones de amor que tienen que ver con la amistad, la buena compañera y la pareja ideal en las convenciones sociales.
Llegados a este punto uno se pregunta si la escala sigue subiendo y hasta dónde.
Pues el miedo no es sino terror, de creer que abandonando a este amor, podré recuperar en 1, todos los que me convirtieron en lo que soy.
Por esa regla matemática estúpida que dice;
«El orden de los factores no altera el producto» (yo)
Y la otra que reza;
«A veces sumar no es sino una ecuación resultante de multiplicar y dividir» (que no vencer).