Normalmente cuando regreso de vacaciones (o minivacaciones en mi caso) suelo alargar la vida de la maleta en exceso. Es como si al llegar a casa de nuevo, acercarme a la habitación y contemplar la jodida maleta haciendo bulto, creyése que nuevamente vamos a irnos de viaje y allí se queda, me complace. Otro día la abro porque me faltan unos pantalones, más tarde una camiseta, finalmente algún calzoncillo y puede que una o dos revistas. Pasados 10 o 12 días me reincorporo a la vida normal, la maleta desaparece (vamos que la deshago) y mi gato siente de nuevo una tranquilidad inmensa porque entiende que ya no me marcharé hasta ver aparecer en futuras fechas ese bulto que en cualquier asociación mental significa «me marcho».