Los concursos o realitys que desde hace bastante tiempo nos bombardean semana tras semana y año tras año, han denunciado al mundo la depreciación cuasi absoluta del fenómeno «amor».
Por eso nos preocupamos día a día, puesto que nuestras actitudes para con nuestros familiares, amigos o parejas, no llegan al nivel de lo que observamos en la televisión.
Todo son abrazos, besuqueos, palmaditas, choques de manos, guiños, «os quiero», todo un tanto alocado y precipitado por una nueva cultura «amor de reality show», como una demostración del mundo a sí mismo:
-Miradnos, todos nos queremos y reina la paz en el universo.
Tan ficticio.
Porque incluso de mi mismo tengo esa facilidad innata la autocrítica más lapidaria y vengativa a la vez que ventajista.
Es como una carga pesada que me grita constante: «No puedes quererte tanto» «No te mereces ni una décima parte».
Por tanto imaginad qué no pensará cada uno de nosotros del otro, del rival del abrazo cómplice que sorteamos por puro interés, por méritos académicos o simplemente por la lotería diaria de despertarnos pensando en…
Y luego se excusan: «Aquí dentro todo es más intenso» «24 horas juntos día tras día crea otro tipo de vínculos».
No lo dudo, hay personas que me producen dolor de estómago y cefalea a los 15 minutos de estar con ellas. Reiterar esa relación produciría en mi un avanzado estado de descomposición mental. Y luego, tras 23 horas aguantando sus memeces ¿iba a dedicarle un profundo y sincero abrazo? o mejor aun; ¿podría esgrimir un «te quiero» dibujado en mis labios?
Te quiero.
Profusa composición.
Recuerdo que la primera que la dije fue la última.
Y también recuerdo que pasados unos años ya no recordaba lo que era decir «te quiero» pues sólo te queda un poema de aquello.
Hace bastantes años le dediqué un tiempo a pensar en cuanto tiempo había pasado desde el último «te quiero» a mi madre, y reconocí haber sido bastante olvidadizo e injusto. Aunque luego no es que me prodigase.
Ahora se ha convertido en una composición singularmente radiada, lo odio, es repugnante, en el teléfono, en la última frase del día, la última antes del mediodía, la primera de la mañana, recordandome a todas horas como en un reality show, que digo más veces te quiero que pienso te quiero, como una coletilla para terminar la frase, como un autoconvencimiento, cuantas más veces lo digas más posibilidades de querer más a alguien.
Y me asusta.
Porque la posibilidad opuesta al te quiero es desagradable.
Cuando ya gastada la composición quimérica para algunos sólo quede la posibilidad de experimentar en otros terrenos mucho más abandonados.
Te quiero x 3 veces al día, 7 días a la semana, 4 semanas al mes, 12 meses al año, todo ello para probablemente no hacerte daño en mi contestación más propia a tu pregunta de siempre;
-¿Me quieres? o ¿Cuánto me quieres?
-Me quiero demasiado. Y mi vida no es un reality.